Día de esto, día de lo otro

Vozquetinta

En mis tiempos infantiles se llamaba Día de los novios. Después, siendo adolescente, escuché por radio el remoquete de Día de los novios y de los esposos que siguen siendo novios, engolado por el locutor de cierto comercial patrocinado por una tiendota dizque palaciega (entonces todavía no era ésta totalmente palacio). Si recuerdo bien mi adultez temprana, al mismo almacén se le ocurrió luego ampliarlo a Mes de los novios, pero no pegó. Lustros más tarde, durante la génesis de mis primeras canas, devino en Día del amor. Por fin, ya en plena vetarrez y hasta nueva ocurrencia ajena, hoy pasa por ser Día del amor y la amistad.

Aborrezco los días así. El del niño, el de la madre, el del padre, el de los abuelos, el de los compadres, el del estudiante, el del maestro, el de lo-que-sea, el de lo-que-quieran-y-manden-sus-mercedes (para no decir el de lo-que-quieran-y-manden-sus-mercaderes). No se basan en una efeméride, no rememoran fecha significativa alguna. Jamás los festejo, tampoco felicito a nadie por ello. En el mejor de los horizontes, el pretexto me lleva a reflexionar, si estoy de humor, en torno a la manipulación, la frivolidad, el consumismo, la inconciencia, la demagogia; si estoy de malas, acerca del cinismo o la hipocresía.

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El amor, la amistad, la niñez, la maternidad, la paternidad en primera o segunda generación, el compadrazgo, el estudio, el magisterio, etc., son valores tan supremos como para restringirlos a una sola jornada anual, sacada de la manga con fines mercantiles, politiqueros, similares y conexos. La palabrería publicitaria, las ideas sobadas, las frases de cajón, los lugares comunes, los ripiosos choros con que nos bombardean sin misericordia en tales (y previas, por lo común muy previas) fechas, me hastían. Lamento en ocasiones así la compulsión del ser humano por lo fatuo y el tono discursivo, anticipo de sonrisas fingidas y festejos por compromiso.

Cuestión de caracteres, tal vez. O de ideologías. Todas mis grandes amistades lo saben. Muchas, incluso, comparten este modo mío, no sólo de pensar sino de afrontar con sinceridad, admiración y gratitud al mundo. “And it’s good to know, / and it’s good to know, / and it’s good to know / you’ve got a friend”, coreó tres veces la autora, pianista y cantante Carole King a principios de los lejanos setenta, sin importarle un pito el mentado 14 de febrero.

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Celebro, eso sí, mi propia invención conmemorativa: el Día de la vida. Y mientras le canto mañanitas en cada despertar, extiendo los brazos, alzo la cara y se la presto gozoso al sol (mi tona, mi espíritu tutelar) para que se aposente en ella. No recibo otra cuelga más trascendente los 365 días del año.

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos