Gulp, soy clasemediamediero

Vozquetinta

Me resulta muy difícil, con rigor académico y como el sociólogo que de joven aspiré a ser, definir aquella clase social que no es ni baja ni alta, sobre todo si la disecciono en sus tres caballitos de batalla convencionales: clase media-baja, clase media-media, clase media-alta. ¿Con qué parámetros (en mis tiempos les decíamos de modo distinto: categorías, conceptos, índices, indicadores) puedo medirla? ¿Su grado de escolaridad? ¿El sector al que pertenece la mayor parte de su fuerza de trabajo? ¿La zona o colonia donde reside? ¿Su ingreso per cápita? ¿Sus patrones de consumo? ¿Su autoadscripción a uno u otro estrato social?

Va mi caso propio, no como estereotipo ni a guisa de modelo ideal weberiano, sino por lo directo, familiar e inmediato que se me presenta.

Sigo orgulloso de haber sido unamero en los años sesenta-setenta, aunque todavía haya quien considere elitista el acto de quemarse las pestañas en un centro universitario. Estoy satisfecho de haber laborado siempre en dependencias públicas, algunas de ellas hoy en franco declive o nadando de muertito en el diluvio cuatrotero. Durante muchos años viví en las alcaldías Álvaro Obregón y Benito Juárez y en las municipalidades de Naucalpan y Atizapán, todas recién perdidas por el partido en el poder. Sufro una jodida cotidianidad monetaria que me hace morderme las uñas y postergar otras necesidades arriba de la mera supervivencia alimenticia, rentística y de pago de servicios mínimos, igual a la padecida por el pueblo bueno y sabio con que me sermonean cada mañana. Pese a lo arraigado de mis vicios de patadeperro y lectómano incurable, viajo solamente cuando me mandan de comisión oficial o cuando tengo un milagroso extra en el bolsillo, y compro volúmenes baratos o de segunda mano en librerías de viejo, al cabo que ahora la inversión en cultura no es prioritaria. El mayor problema viene cuando me cuestiono a cuál de las tres clases medias he de adscribirme, porque pienso que mis bonos o acciones no tienden a la alta ni a la baja en la nueva bolsa de valores impuesta por una austeridad inequitativa. Ando entre azul y medias noches, pues.

Como quiera, se me argumentará, debo vestir el sambenito de incluirme entre los clasemedieros, y en consecuencia, purgar el pecado original de ser aspiracionista, egoísta, individualista, racista y varios defectillos más que riman con el peyorativo sufijo –ista. Si algún día los diccionarios dieran entrada al vocablo clasemediero (ningún lexicón lo trae, ni siquiera los de Sociología), habrían de caracterizar a tal sujeto, al uso reciente, como una persona “sin escrúpulos morales”, que “le da la espalda al prójimo” y “apoya a gobiernos corruptos” porque su única meta es “salir adelante” o “triunfar a toda costa”. Para colmo de vergüenzas, un tipo también manipulable por los fifís, los sabiondos, los conservadores, los traidores a la patria… Todo un estuche de monerías, lanzadas con impune maniqueísmo desde el púlpito palaciego.

Quizá este vozquetintero columnista es un ingenuo de atar, un iluso sin absolución, una veleta, un cerrado de la mente, un convenenciero de siete suelas, y ni cuenta se ha dado de su error. ¡Pobre diablo! Quién le manda haberse puesto el saco de clasemediamediero y sentir que lo dejaron como palo donde duermen las gallinas.

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos