La ballena de Damocles

Vozquetinta

En materia de topónimos, lo habitual dentro del habla cotidiana es aplicarles un apócope, tanto de forma coloquial (llamamos Ameca a Amecameca, Coatza a Coatzacoalcos, Huaya a Huayacocotla, Neza a Nezahualcóyotl, Tepa a Tepatitlán, Tequis a Tequisquiapan) como oficializada (Huascazaloya ya es Huasca; Xicochimalco, Xico; Yuririapúndaro, Yuriria). En cambio, contados con los dedos de una mano son los casos de aféresis, es decir, de pérdida de letras iniciales. Uno de ellos es Tláhuac. Hasta mediados del siglo XVII todavía era Cuitláhuac, pero a fines de esa centuria comenzó a emplearse el apelativo con que hasta ahora lo conocemos. ¿Por qué así? ¿Por qué no Cuitla, como sería lo lógico o lo esperado?

Siempre he sostenido la hipótesis (no pasa de eso: una hipótesis, difícil de comprobar porque no hay testimonios fidedignos) de que mucho influyó su etimología en tal cambio. El jeroglifo prehispánico de Cuitláhuac no deja lugar a dudas: sus raíces en náhuatl son Cuitla-hua-c, de cuítlatl, excremento; –hua, partícula posesiva; –c, partícula locativa; o sea, “Lugar de quienes poseen excrementos”. ¡Qué horror!, han de haber pensado. Reducirlo a Cuitla habría sido decirle, literalmente, “Mierda”. Mejor que se denomine Tláhuac. Contraído de esta manera podría suponerse, aunque con fórceps, que Tla-hua-c significa “Lugar de los poseedores de tierras”, puesto que su primer componente sería tlalli, tierra.

¡Pobre rincón pueblerino, uno de los pocos que sobreviven en la metrópoli chilanga, con sus barrios y comunidades, sus monumentos históricos, sus fiestas, su comida, su paisaje chinampero (no sólo Xochimilco tiene chinampas)! Hoy vuelve a ser noticia; triste, dolorosa, injusta noticia. Hoy lo suben y lo bajan de las redes sociales como cubo de noria. Hoy lo empuercan otra vez las heces fecales, pero no las de los ajolotes, ranas, tortugas o aves nativas de cualquier zona lacustre, sino las de una especie animal exótica: la ballena. Trabes de mortal cuacha, majada de ballenas de concreto, mal colocadas o sin la debida supervisión y mantenimiento a lo largo de varios kilómetros de vía Métrica. Un auténtico estercolero, para echar más sal en la herida del escatológico nombre primitivo de Tláhuac.

Casi ya no hay ciudad de nuestro país, con viaductos y puentes elevados, que no haya caído en la sicosis del peligro que corremos quienes transitamos por encima o por debajo de tales cetáceos. Las fotografías antiguas y recientes de vialidades urbanas donde sobresalen estructuras desfasadas o llenas de grietas se han convertido, a partir de la tragedia, en el pan nuestro de cada día, y gracias a su circulación internética sazonan el caldo de la paranoia. Aparte, claro, de ser denuncias o advertencias para nada desechables, integran una suerte de nuevos e-mojis o stickers de acceso directo a la irritable, delgada piel que heredamos de la contingencia, sin previa escala en el cerebro.

Desde Siracusa, si aún viviera y dispusiera de una computadora, Damocles ya habría convertido en hashtag la famosa leyenda de la cual es protagonista, pero ahora con una aplastante ballena en vez de una filosa espada sobre su humanidad.

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos