La persona y la comunidad

El camino y el caminante

Jean Lacroix lanza una propuesta llamada personalismo-comunitario, señalando que “el personalismo no puede ser más que una filosofía de la síntesis y de la totalidad”. En sus primeros años de vida, la persona empieza a luchar por ser un individuo y, para afirmarse, se esfuerza por separarse del grupo, utiliza la duda como instrumento para distinguirse de los demás y empieza a definir su propio pensamiento.

Descubre que su primera tarea es autoafirmarse y al mismo tiempo darse, ponerse al servicio del otro. En el personalismo, afirmación y donación no son dos caminos escalonados que hay que recorrer uno tras de otro, van juntos, caminan al mismo ritmo, como dos amigos que se acompañan tomados del brazo.

En su proceso de vida, la persona descubre su vocación, entendida esta como un llamado a Ser-más, concepto que en nuestra cultura con frecuencia se interpreta como alcanzar eso que llamamos éxito y obtener logros, más cercanos al hacer y al tener que al ser, empero ser-más significa autorrealización, misma que con frecuencia no implica el éxito. Lacroix nos dice: “quien no ha fracasado nunca no se conoce todavía a sí mismo e ignora de lo que es capaz […] triunfar sobre el fracaso es crearse a uno mismo, y la alegría es el signo de esta creación, de este manantial del ser”.

Pero nadie se realiza en soledad, en el vacío; nos realizamos en el contacto con el otro. La vocación es un llamado de la vida que viene a través del rostro, del reclamo del otro que exige una donación total, sin reserva. Para donarse, lo primero es salir de sí. El existir es el inicio de la vida individual, pero pronto, la persona se da cuenta de que llegó al mundo arrojado-desde-otro, es decir, donado. Ante esta forma de ser-en-el-mundo, la vivencia vocacional se torna en un modo de ser que trabaja en la causa de los demás, descubre que la persona es una propuesta de presencia testimonial al servicio de los demás. El otro es el centro de su de reflexión y su acción.

Para donarse y cumplir su vocación es necesario que el individuo aprenda a dar, a compartir. Salir a la conquista y regresar a nutrirse con lo obtenido, lleva el riesgo de querer quedarse con el botín. Es la tentación del recogimiento: encerrarse en sí mismo y nutrir al misántropo (aquel que rechaza o experimenta aversión por el contacto por los otros)  que persigue al pensador en la filosofía de la pureza y creerse superior a los demás. Es necesario volver con los otros, sobre todo con los pobres, los de abajo, los marginados, con aquellos a quienes se le ha negado el derecho a la palabra…los otros en su calidad de otros, el otro en su legítimo derecho de ser otro. Toda acción humana es egoísta y generosa: egoísta porque satisfacemos nuestras necesidades, generoso porque compartimos nuestros talentos y nuestro ser con los demás. Compartirse, podrá salvar al egoísta de su encierro, de su repugnante pureza y su asquerosa beatería. “solo se posee aquello que se da”, “el árbol no tiene miedo de dar sus frutos, si no es un árbol enfermo”. Carlos Diaz escribe: “el personalismo no es un club de lectores, sino una escuela de vida en sentido profundo y preciso”.

Concluyo afirmando que toda forma-de-ser-en-el-mundo se vuelve un compromiso político, entendido este, como construcción de la ciudad, de la patria, del mundo que se habita y se sueña.

Natividad Castrejón

Mi profesión, la terapia y la educación; mi afición, la literatura; mi pasión, la política; me encanta el bosque y amo correr.