Locución chirriante

Vozquetinta

Lujo, vocación, privilegio, compromiso, responsabilidad. Eso es la voz humana recibida por el micrófono, conducida al aparato receptor, traspuesta al oído, decodificada en el cerebro, enviada al espíritu vía el corazón (o vía el estómago, según creen los fisiólogos). Y en medio de nosotros, la radio y la televisión como un Dios.

Pululan en tales medios los timbres chillones, las dicciones mazacotudas, las verborreas imparables y carrereadas. Una auténtica diarrea fónica. Exenta de silencios, pausas, puntos suspensivos; no se diga de matices, ritmos, cadencias. Pletórica de pobreza de lenguaje,  muletillas, lugares comunes; en el fondo, de ego exacerbado, de menosprecio al auditorio, de agresividad rampante. Todo, expulsado en un tempo prestissimo, al amparo de la clásica premisa gringa Time is money. ¡Adiós, tono mesurado; adiós, fraseo garboso; adiós, palique apapachador!

No es un hecho inconsciente, sino ex profeso. Así se pide ser ahora ante la pantalla o en la cabina de audio, so pretexto de la vertiginosa modernidad. Así los cazaestrellitas seleccionan (es un decir) o los nepotistas adjudican, sin concurso, espacios a sus modelitos de la comunicación.

La difusión televisiva acerca del clima es sin duda el prototipo al respecto, porque suele depositarse en esculturales féminas de voz tipluda, nasal, aguardentosa, cuando no con la papa en la boca, incapaces de distinguir fuera del aire entre un frente frío y una depresión tropical. Pero lo meteorológico no es el único ni el principal campo expresivo de lo rupestre locutoreado. Además de reinar en ventaneos de la farándula, palcos deportivos y —huelga decirlo— anuncios cada vez más repetitivos y extensos (antes la duración de un comercial no podía exceder de medio minuto), el estilo gritón, comadresco, de lavadero de vecindad, permea en programas de entretenimiento, de noticias e incluso de análisis (es otro decir) políticos. Ni a cuál irle en banalidad.

Por cuanto a la radio, ¿Dónde quedó aquella voz cordial, platicadita, íntima, con nuestra autorización para meterse en la cotidianidad del hogar, la chamba o el trasporte, para acompañarnos sin prisas ni violencia auditiva (“Mientras te escucho preparo dos tazas de café, una de ellas para ti porque sé que te agrada”, me dijo hace años por teléfono un oyente anónimo después de oír mi programa)? ¿Dónde, esa otra voz diáfana, modulada, melodiosa (“Lo bien hablado es medio cantado”, afirma con justa razón cierto manual sobre el arte de educar lo emitido por las cuerdas vocales)? ¿Acaso toda presentación de música, todo saludo, comentario, invitación o dato informativo, debe ser en la actualidad una suerte de insulso rap hiperdecibélico (¡cómo extraño tu despaciosa elegancia, querida XELA!)?

Mis derechos como radioescucha o televidente me llevan a pintar mi raya de la plaga de ásperas voces de pito, tan extendidas hoy en día. Las tomo por una falta de respeto y no creo merecerla. Ganas me dan de exclamar yo también a los cuatro vientos: ¡Ya chole vendió su casa!

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos