Mamá Lupita Soto, a casi un siglo de vida y su loable oficio como partera

A punto de cumplir casi un siglo de vida, Guadalupe Soto Calderón, pasará a la historia en Tulancingo, por su labor excepcional de ayudar a otras mujeres a traer a sus hijos al mundo.

“Tengo 98 años y cinco meses, verdad hija”, pregunta a Carmen -una de sus hijas- presente- para asegurase de ser exacta. Ofrece respuestas claras con voz fuerte y contundente, pese a que le cuesta escuchar si no se conversa muy cerca de ella.

Y como si fuera ayer, doña Lupita recuerda con lucidez el momento en que se convirtió en partera en un domicilio de la calle Luis Ponce en Tulancingo. “Empecé trabajando con la señora que era partera, que estaba anotada en el Centro de Salud, se llamaba Juana Salazar”.

“Ella era muy grosera, y decía , me daba miedo. Saqué el primer parto cuando ella se fue a México y me dejó a la enferma, y que se pone mala. Todavía con mucho valor le dije y cuál no había sacado ni uno, nada más el valor de la lagartija”, describe gustosa

Sentada en la habitación de su casa en Huapalcalco, doña Lupita relata a la Jornada Hidalgo, que poco a poco fue atendiendo más partos y así fue como perdió el miedo. “Saqué más ya con tranquilidad, no como el primero que temblaba y a la hora de que saqué el niño sentía que lo soltaba”.

“Con más partos ya había perdido el miedo tantito, aunque todavía me temblaba el corazón”, rememora una de las parteras más importantes en Huapalcalco y considerada la más antigua en la localidad.

Se detiene por un momento en la conversación para calcular “atendí 167 partos, nadie se me murió, ningún niño se me murió”, asegura con firmeza.

Doña Lupita describe que muchas mujeres la buscaban en su casa en Huapalcalco, y cobraba 75 pesos cuando comenzó, tenía una libreta donde la madres anotaban su nombre y el recién nacido.

“No sé leer, Diosito me ayudó a ser partera. No sé poner más que mi nombre, bueno ahorita que casi no veo, ya ni mi nombre”, expresa.

“Me pongo a recordar de mis partos, las noches que me pasaba yo aquí con ellas y se venían aliviar a las 2 o las 3 de la mañana, toda la noche caminando con ellas”.

“Es mejor que no se sienten, porque si se sientan no camina el niño. Aunque sea un centímetro, pero camina”, aconseja la mujer que se convirtió por años en una luz de las gestantes que no podían acceder a la atención hospitalaria”.

Me cayeron que era partera: Doña Lupita

En sus inicios doña Lupita trabajaba sin el reconocimiento de las autoridades de salud, pero después lo hicieron y la capacitaron.

“Antes que no estaba apuntada en el centro de salud, iba a ver al juez de aquí, le decía vaya a ver al médico porque este niño no está bueno, está enfermo. Y por eso se descubrió que era yo partera, por mi nombre con el delegado que iba al centro de salud”.

“Cuando me cayeron que era yo partera, les decía que no, que no, decía una enfermera muy buena gente que se llamaba María Luisa, esa fue la que me cayó de partera”.

Confiesa que ella tenía miedo de ir a la cárcel por ayudar a las mujeres en el nacimiento de sus hijos.

“Temblaba de miedo, llevaba ya 55 partos, la enfermera se acerca conmigo, me abraza, y dice – no, no tiemblo le dije, no tiembles, no te vamos hacer nada, te vamos ayudar con tu maleta bien preparada, te vamos ayudar a que estés anotada en el centro de salud, nosotros no somos nadie para llevarte a la cárcel”.

“Con tantos años, ya se me olvidó, pero recuerdo que me trataron muy bien. Me dieron muchos consejos, del centro de salud me llamaban a muchas juntas por donde quiera. Nos juntaban a todas las parteras, porque antes había muchas, ahora creo ya no hay”, comenta.

Ayudó a nacer a sus tres nietos

Pero doña Lupita no solo ayudó a nacer a la niñez de su comunidad, sino también a sus nietos, y revisó a sus hijas embarazadas antes de llegar al hospital. “Tanto año ya se me olvidó”, insiste al hablar.

“Un día saqué un parto al 10 para las 7 de la noche, la chamaca se llama Rosa, y el parto de mi nieto lo saqué a las 4:10 en la misma noche. A ni nuera, la esposa de mi hijo mayor yo la atendí de los tres partos”.

“Cuando mi hija se iba a aliviar de su primer niña, estuvo en el seguro, se la llevaron según en el término, yo no había metido las manos de ayudar, se la llevó su esposo, estuvo tres días y no se aliviaba”.

“La sacó su esposo, y se la llevó para la casa. Al otro día de que había llegado, me dijo como a las ocho de la mañana que se sentía mal, y que la veo, la manteo y arreglo, y le dije te alivias hoy”, narra.

También a su hija Yolanda, “ella estaba muy chica, llegó un punto en que se aliviaba y no podía hacer fuerza, no sabía hacer fuerza, y que le hago el tacto, le dije te vas a aliviar pero no camina el niño, salí y a su esposo dije que busca un coche y llévala a la Cruz Roja, pero de volada porque si no se muere el niño o se muere ella”.

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Sin fuerza en las manos que acariciaron la vida

Doña Lupita recuerda que a cualquier hora tenía que estar preparada con alcohol, merthiolate y jabón. “Me gustaba mucho ser partera, lástima que ya no”, menciona y lleva la mirada a sus manos con las que acarició la vida, para explicar que ya no tiene la fuerza suficiente.

“Los dedos se me tulleron, fui diciendo que ya no era partera, para manteadas no puedo hacer fuerza”, explica.

“El ultimo parto fue acá arriba en casa de don Lupe Huerta, ese fue el último parto que atendí, ya no volví a atender partos, a arreglar nada más de la pancitas sí pero de atender partos ya no”.

“Ya no me daba fuerza para ayudarles, la que se alivió conmigo en el último parto se llama Olga”, recordó agarrada de su andadera, que le ayuda a sostenerse por un problema en su pierna.

Sin embargo, la adulta mayor no se ha desligado por completo de este saber ancestral, pues algunas embarazadas todavía le piden consejo como partera.

Hace poco, comenta Norma –joven que cuida de Doña Lupita- regaló a una enfermera su maletín de partera.

“Ya tengo muchos años y no puedo, ya no. Antes cosía, bordaba, tejía, cosía ajeno, pero ahora las fuerzas son las que se me han acabado, ya ni modo”, expresa triste doña Lupita.

Las manos de mamá Lupita / Foto: Nathali González

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Tiene miedo a la enfermedad contagiosa

“Tengo un miedo, que ni quiero abrir esa puerta”, dice doña Lupita sobre la enfermedad contagiosa, como ella llama al coronavirus.

“No sé ni cómo me llegó esa enfermedad, quién no va a tener miedo”, señala alarmada y agrega que ya fue vacunada contra la «enfermedad contagiosa».

“Se van mis hijas y las encomiendo a Dios, porque como van en la carretera pueden encontrar un contagio. Gracias a Dios hasta ahorita todas mis hijas están bien, hasta que termine, porque todavía no termina la enfermedad”.

Y por eso menciona, reza todos los días y noches, y en su habitación donde hay un altar con un niño Dios vestido de médico. “Soy católica, y le pido a mi señor que me llame a cuentas, y que yo nunca cambie”.

“Veo la misa en la tele, para oír bien y contestar lo poco que sé me paro pegada al vidrio para oír”, describe.

El deseo más grande era conocer a su padre

Doña Lupita, quien además de partera se desempeñó también como cocinera para sacar adelante a su familia, es madre de ocho hijos, tres ya fallecieron. Es viuda –dice- desde hace más de treinta años.

Señala que ella era muy jovencita cuando su mamá falleció. “Se llamaba María Calderón, tiene 77 años de muerta, soy huérfana. Mi madre una mujer de casa que solo tenía que levantarse a moler en el metate, llevar el almuerzo a mi padrastro”.

Como hija anhelaba conocer a su padre, y entonces decidió buscarlo. “Tenía 22 años, estaba para aliviarme de mi primer hijo”.

“Él estaba cortando cebada, yo le dije buenos días señor, oiga usted dejó a una niña en Puente de Doria de tres meses que se llama Lupe, él contestó que sí, y le dije soy yo, él me abrazó», dijo.

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Un ramo de flores para festejar a mamá y ser felices

Con una sonrisa doña Lupita asegura que es una mujer feliz, y que vive muy contenta gracias al amor de sus hijas.

“Principalmente cuando llega alguna de mis hijas estoy bien contenta, si quiera se acuerdan de mí. Tengo mis tres hijas que Dios me dio, para que me den una tortilla entre las tres, no me he muerto de hambre”.

“El 10 de mayo yo no lo tomaba en cuenta antes, ahora sí ya de vejez, que sean felices, que vivan muchos años y que vean por sus lindos hijos, porque para uno de madre un hijo es lindo”, expresa.

“Las felicito por todos los hijos que tienen, y que ahorita el 10 de mayo que es el lunes, están felicitando a su mamá aunque sea con un ramo de flores, que sean felices y que siempre quieran a su linda madre”.

Doña Lupita concluye con un mensaje, “hijos los quiero mucho, sean felices”.