Muerte de un cementerio

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Garlito  

Era un martes 1 de Enero de 1901, esa mañana el vientecillo helado del invierno crudo, enrojecía los rostros de los presentes, iniciaba un año y un siglo, la fecha era importante, pese a la tristeza que todos los sepelios ocasionan, ante autoridades, familiares y público en general, se estaba dando sepultura al primer cadáver del nuevo Panteón Municipal de Pachuca, de vez en vez una ligera brizna cubría el predio haciendo titiritar a más de uno, nos explica Don Teodomiro Manzano; pese a que un año antes el 19 de febrero de 1900, se había inaugurado una de las pocas joyas arquitectónicas de Pachuca, el frontispicio o fachada del nuevo panteón muy lejos de la ciudad, en el barrio de San Bartolo, aunque quieran llamarle Villa Aquiles Serdán. 

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Fachada del Panteón Municipal de Pachuca/ Foto: Carlos Sevilla

TOMASITA  

La Muerte es cosa seria, si de algo debemos estar seguros todos los que aquí estamos, es que algún día todos nos iremos y si la Vida es breve la Muerte eterna, la fugacidad de la existencia no debe ser desperdiciada más que en la alegría de estar vivos y congratularnos que en un pequeño instante pudimos acompañar otras existencias; nuestro verdadero lugar estará en los corazones y almas de quien nos amó, pero será la fosa de un cementerio nuestro verdadero y eterno hogar, pese a las nuevas maneras y costumbres, los panteones serán por siempre la última morada, que no por serlo deben estar en el olvido y si en cambio un agradable lugar, como su nombre lo dice Camposanto. 

Los pachuqueños de aquel entonces, se quejaban de un extraño olor que inundaba por las tardes parte de la ciudad, aroma a muerte, hedor nauseabundo que se estaba convirtiendo en una amenaza para la salud pública de aquellos ciudadanos de finales del 1800; pese al triunfo de La Reforma, la desamortización de los bienes de la iglesia, de la creación del registro civil y de quitar la tutela a la iglesia católica la autoridad de cementerios, defunciones y nacimientos, cerca del Convento de San Francisco, se hallaba el Panteón de San Rafael, entre lo que hoy es el Parque Hidalgo y la colonia Real de Minas; algunos cronistas aseguran que las anomalías en los entierros y falta de higiene por parte de los clérigos podía provocar daños a la salud, desde entonces existe la leyenda que en esa zona en las tardes noches, fantasmas recorren sus calles. 

El crematorio, de reciente creación/ Foto: Carlos Sevilla

Las autoridades gubernamentales decidieron realizar un proyecto para un nuevo cementerio, que debería estar muy lejos de la ciudad, en el barrio de San Bartolo por el camino de herradura a Actopan; era el apogeo de la dictadura de Porfirio Díaz y por lo tanto no es extraño que la obra de la fachada la construyera el Capitán Arquitecto Porfirio Díaz, hijo del dictador; una joya arquitectónica, realizada con cantera de Tezoantla, donde destacan tres hermosas estatuas, Fe, Esperanza y Caridad, realizadas en mármol de Carrara Italia, materiales iguales con los que se construyó la torre del reloj; en una extensión de 260 mil metros cuadrados y con una capacidad para 30 mil cadáveres, esa mañana se sepultaba a Tomasa de la Cruz, niña indígena de tres meses de edad, oficialmente la primera fosa utilizada. 

PERPETUIDAD 

 El cementerio de San Bartolo, fue un proyecto muy ambicioso para su época, rodeado por una gran barda con pilastras de ladrillos cada 10 metros que aún se pueden observar, por más de cien años funcionó deficiente pero funcionó, ahí donde hay muchas tumbas con más de un siglo, otras totalmente abandonadas y la mayoría recordada por sus deudos; administrado por el municipio de Pachuca, jamás tuvo remodelaciones o sus calzadas asfaltadas, sin áreas verdes y si un caos de tumbas colocadas al arbitrio, lugar donde el robo desde flores hasta los mismos elementos de un monumento mortuorio, son cosas de todos los días o noches, sin seguridad ni alumbrado público, hoy sufre sobrepoblación y se proyecta eliminar a los habitantes que no paguen sus contribuciones, aún muertos; falta de respeto, mala administración y olvido gubernamental hoy ponen en riesgo a muchos difuntos que podrían perder su fosa ante la falta de impuestos, así se le paga a las generaciones pasadas. 

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Las flores se marchitan, el recuerdo no/ Foto: Carlos Sevilla

Generalmente este cementerio es también un páramo desértico, ausencia total de árboles, una serie de plagas de roedores, arañas y víboras, tumbas que están expuestas y extraños lugares con altares raros ahora destinados a las nuevas deidades que se tatúan en la piel; acudir al panteón a veces es muy lastimoso no por los recuerdos sino por el panorama de total olvido que siempre tuvo este lugar, a donde quizá ya no nos toque yacer en paz; la pandemia incremento fallecimientos, el hacinamiento de muertos es grave y los nuevos proyectos municipales más  bien parecen de privatización de un cementerio que está muriendo.  

Promesa política de Pedro L. Rodríguez, más porfirista que Porfirio, este cementerio alberga a familiares, amigos y conocidos, que una vez tendidos todos somos más que iguales, conservemos esta joya, su fachada que no se ocurra modernizarla; urge rescatar el espacio y darles un digno lugar a los que ya se fueron como homenaje y respeto de los que aún viven, admirarlo con Fe, Esperanza y Caridad, por cierto, en lo alto Caridad sostiene en sus brazos a un niño y dos más a sus pies, uno de ellos inválido, en tanto Esperanza y Fe, nos esperan. 

Este cementerio es muy serio. 

Para honrar a los muertos/ Foto: Carlos Sevilla
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Rolando García

Pachuqueño, periodista guionista, registrando la historia cotidiana de todos los días