Opinión

Pancho Villa, una vida entre amores y la muerte

Historias que contar

Se lee en la contratapa: “El nombre de Pancho Villa divide opiniones, diversos claroscuros se han tejido a su alrededor. Mientras que para algunos es un héroe, hay quien lo ve como un villano, asesino y prófugo de la justicia”.

Pancho Villa, una vida de romance y tragedia, es el título de un libro singular, que en la pluma de Teodoro Torres venció al calendario.

Es biografía novelada, culminada a un año de su muerte, se habla de la vida de Doroteo Arango desde sus inicios como bandolero, más tarde como perspicaz estratega de guerra durante la lucha revolucionaria, hasta el ocaso de su existencia, cuando Jesús Sala Barraza le tiende una emboscada en Parral, Chihuahua, en donde lo ultima.

La obra es muy especial porque Torres (1891-1944), periodista e historiador, escribió parte de su relato en el exilio. Culto y sensible, interesado por los pequeños problemas del día a día cotidiano, plasmó un claro amor por México y a la defensa de sus costumbres.

Una nota advierte de las diferencias en los tiempos.

“El libo de Torres, quien también firmaba como Caricato, se publicó por primera vez en 1924 en la Casa Editorial Lozano, de San Antonio Texas. Ésta es la reedición que se hace de este notable texto al que hasta ahora solo tenían acceso los expertos en Villa y la Revolución mexicana.

“Como es natural, ha sido sujeto a un necesario proceso de actualización ortográfica y de corrección de estilo, tratando de respetar en todo momento el color que el mismo autor le imprimió”.

Torres dividió en dos partes el volumen, una de cinco capítulos y la segunda de nueve.

Se escogieron a discreción los que a primera vista parecen más interesantes sin demérito de los restantes.

De bandido a revolucionario

“La fama de la banda de Francisco Villa se extendió bien pronto en toda la comarca. Los hombres que la formaban y que bajo la jefatura de Parra llevaron una vida agitada y azarosa, encontraban que aquella había sido tranquila comparada con la que les imponía la continua movilidad de su nuevo capitán.

“Villa era incansable: vivía planeando asaltos y poniéndolos en práctica en cuanto los redondeaba. Era enérgico hasta la exageración con sus hombres; éstos le temían y jamás se hubieran atrevido a desobedecer a orden suya porque sabían que con eso se sentenciaban a muerte”.

Uno de sus hombres comentó:

-¿Sabe, jefe, que por aidicen que viene una revolución muy juerte?

Mandó a cercanos colaboradores a investigar, quienes al regresar le mencionaron “en Chihuahua el que tiene el cargo es el señor don Abraham González”.

Finalmente concretó una breve entrevista con González quien le confirió el grado de capitán del Ejército Libertador.

Francisco Villa estaba en la Revolución.

El general Villa

Vestía con cierto descuido como muchos de sus subordinados. Pantalón de casimir oscuro, de charro, con botonadura de plata, blusa de dril anudada sobre la cintura, camisa de cuello suelto, un gran pañuelo rojo a guisa de corbata y sombrero texano. Tenía la barba crecida y el bigote espeso. Su mirada era penetrante y dura, el mentón pronunciado, la tez morena y su cara denunciaba sagacidad, gran espíritu observador y la aspereza que da la crueldad.

Se había convertido en la primera figura de la Revolución, había dado un salto tan grande como aquellos que lo sacaron de su oscuridad de campesino para hacerlo guerrillero; había dominado, por completo a la desdeñosa fortuna.

En Jiménez estuvo a punto de ser fusilado por órdenes del general Huerta.

Ahora también temblaba; pero de rabia, pensando que se había quitado el sombrero, que había llorado, implorando piedad del jefe de la columna y que cuando por fin tuvo el perdón, se sintió aplastado por una vergüenza que juzgaba tan dolorosa como la muerte

El vengador

Fue un prodigio de la sangre mexicana y un insaciable de la venganza; tenía hambre y sed de todo: de justicia, de dinero, de placeres, y de ajenas torturas: no podía concebir que los bienes de los ricos  pasaran a sus manos sin que antes pagaran en dolor el precio del bienestar pasado, y nunca gustó del amor de las mujeres entre la dulzura de los halagos y los besos, sino mezclado con el terror de las víctimas, la crispatura de los cuerpos que se defendían y la rabia y la desesperación de los que presenciaban el ultraje de un ser querido.

¿Qué extraño había de ser, pues, que Villa dejara un reguero de sangre por donde fuera y que para llegar a su historia, ser preciso atravesar un mar de llanto?

Esta travesía es necesaria para acercarse y examinar la fuerza misteriosa que armó la mano de Jesús Salas Barraza, diputado al Congreso de Durango, que mató a Villa la mañana la mañana del 19 de junio de 1923, en la ciudad de Parral.

Recluido en la penitenciaría de Chihuahua, escribió:

“Villa era malo, muy malo; por eso lo maté. Hay quien cree que lo que se dice de él son exageraciones de sus enemigos y que si derramó sangre fue como otros tantos revolucionarios”. Contó que en Jiménez, Chihuahua, residía don Ignacio Rentería. Vecino honorable y apreciado. Tenía cuatro hijas: Beta, Nacha, Cuca y Josefina.

Villa se prendó de Beta y le dijo a don Ignacio que se la entregara.

El hombre se resistió indignado, y el general le dio tormento. Ante el dolor del padre, la hija se sacrificó y pasó a ser una de las esposas de Villa.

Salas Barraza también desmenuzó como había preparado todo para victimar a Villa.

Lo vieron manejando su auto.

-¡Viene manejando…! ¡Se lo llevó la…!

-Salimos al encuentro del coche y abrimos fuego.

-¡De los ciento y pico de tiros que disparamos, no creo que se hayan perdido cinco!

Villa fue el primero que recibió los impactos y al sentirse herido de muerte soltó el volante del automóvil. Salas todavía le disparó otros cuatro tiros en la cabeza.

En 1924 se publicó el libro y fue hasta julio de 2018 en que salió una primera edición ya corregida de Universo de Libros, S.A. de C.V.