Pandemonia

Vozquetinta

Una asamblea, una marcha, un mitin, un plantón, un linchamiento, son pandemias. Lo mismo una atestada estación del Metro, un tianguis, un festival, un desfile, un estadio futbolero. Porque pandemia significa en griego “reunión del pueblo”, y cuanto ahí sucede, cuanto pertenece a tal reunión o se relaciona con ella, es pandémico. (También epidémico: por etimología, la epidemia va “sobre el pueblo”, se expande a toda “reunión del pueblo”.)

Nos acostumbramos ya a la maldita palabreja. Es el virus nuestro de cada día. La arrojamos sin cubrebocas ni sana distancia, para salpicar y contagiar a la humanidad entera. La empuñamos como cuchillito de palo, aunque no nos mitigue el dolor, la paranoia, el desasosiego, la mudanza drástica de lo cotidiano, el pánico a lo futuro. En el más comodino de los casos, la explicamos mediante una verdad rayana en lo fantasioso, lo extraterrestre o lo malevo, o le sacamos la lengua de nuestra enfermiza incredulidad.

Además de cifras y políticas discutibles (“por algo serán”, solía sentenciar con razón mi madre), la pandemia ha traído una cauda de dimes, diretes y dislates. Las curvas no terminan por aplanarse. Los hospitales se saturan. Los operativos fracasan. Las pachangas rumbosas ejercen su libertad de jugar a la ruleta rusa. Los centros comerciales bullen de clientes compulsivos. Los fervores peregrinantes superan los escudos… Bajar la guardia parece un deporte, el más sano de todos. Una postura inocua, incluso redentora.

Tal vez convenga parafrasear el título de la famosa novela de Luis Spota: más cornadas da la esperanza. Sobrellevamos el trabajo en casa porque todavía lo suponemos temporal. Seguimos aferrados a la ilusión de vacunas a corto plazo. Suponemos actos y  reuniones presenciales de índole cultural a la vuelta de la esquina. Todo ello es parte, sin duda, del fastidio, de nuestra decepción ante un entorno cada vez menos creíble y más evasivo. “Lo paseado ¿Quién me lo quita?”, dijo un intelectual en tiempos echeverristas.

Por sabio o por ignorante, el pueblo se reúne. Está en su naturaleza psicosocial. Quizá le importe poco el riesgo. Quizá la tragedia compartida haya perdido bonos en su mercado de valores humanos. En cambio, al acecho de él, la pandemia tiene ahora un grito tajante: ¡El pueblo, reunido, se mata convencido!

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos