Para ti soy libro abierto

Vozquetinta

Me vale si tu cumpleaños lo restringió la Unesco nada más al 23 de abril, so pretexto de las coincidentes defunciones de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso, y por eso nunca conmemoro tal fecha. Yo prefiero rendirte homenaje en cada uno de tus cumpledías. Te llevo gallo con páginas llenas de bombo y platillo, te convido de mi sopa de letras, te saco a pasear por tus librerías favoritas, te invito a ver una peli de aventuras por los estantes donde duermen tus cofrades. Conmigo la pasas feliz como lombriz.

No necesito recordártelo: tú, libro, y yo, ratón de biblioteca, somos viles compinches (despreocúpate del terminajo: así se les nombra a los cómplices de un delito). Siempre andamos pintando venados de nuestros respectivos deberes laborales, urdiendo travesuras ca-lecturientas en parques y cafeterías, echando a volar papalotes de hojas entintadas que zumban al rozar las alturas celestes, pintándole un violín bibliográfico al analfabetismo funcional, esgrimiéndole una pelangocha higa a quien nos ve como seres de otra galaxia (y no precisamente la de Gutenberg, tan determinista para Marshall McLuhan).

¡Lo nuestro es pura poesía trasgresora de las buenas costumbres comodinas!

Te celebro, lo sabes bien, impreso en papel, no apantallado en una computadora ni locutoreado en un audiolibro; ceñido entre pastas de cartón o cartulina (de preferencia no plastificadas, so pena de pandearlas a las primeras de cambio), desnudo o con camisa, para descomprimirte al momento de acurrucar tu grácil anatomía en las palmas de mis manos; vestido, si te place, con ricachona badana, clasemediero keratol o proletaria percalina, ya que así revivo mi remota adolescencia preparatoriana cuando me dio por el bello arte de la encuadernación. Ganas tengo entonces de eternizar esos momentos tomándonos una selfi: tú, con la complaciente sonrisa de ave en libertad que tan espontánea te sale; tu servilleta, con cara de trascendencia o de interrogación existencial.

De antemano te pido disculpas por el atrevimiento. Sucede que compuse una plegaria, una inocente jaculatoria en honor tuyo, a manera de conjuro o súplica por tu permanencia dentro de los mayores valores del ser humano, cuantimás ahora en estos tiempos de covídica incertidumbre. De aquí en adelante juro que la rezaré con fervor de peregrino antes de entrar bailando al santuario donde venero los porqués, paraqués y paraquienes que tenemos en común. Hela aquí, a tus sagradas órdenes:

Dios te baste, libromanía, llena eres de audacia, el lector es contigo. Bendita eres entre todos los placeres y bendita es la hija de tu mente, la luz. Santa vigía, madre de voz: ruega y aboga por nosotros, tus devoradores, ahora y en la hora de nuestro diario leerte. En el nombre del título, del prólogo y del primogénito al último capítulo. Amén.

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos