Rosario de tinieblas

Vozquetinta

“Para el escritor auténtico, escribir es una disposición de la naturaleza a la que se añade un hábito de la voluntad. Y este hábito es una conquista del trabajo arduo, un resultado de la paciencia lúcida. Detrás de cada página tersa, de cada texto ordenado, deleitoso, nítido, se ocultan las infinitas tachaduras, los borrones inconformes, los cestos llenos de papeles desechados. El aprendizaje consume tiempo, exige sacrificios y muy frecuentemente rinde fracasos.”

Así se expresó mi admirada Rosario Castellanos al recibir el Premio Chiapas en el ramo de Artes, allá por 1958. A su discurso de aceptación le puso por título “El escritor y su público”, y como sucede con toda su vasta obra literaria —novela, cuento, poesía, ensayo, columna periodística—, no tiene desperdicio. Lástima que ahora sea muy poco leída, para no decir ignorada, por las adolescencias y cuasiadulteces millenian (o como quieran llamarsenian). ¡De lo que se pierden al no sumirse en la estimulante lectura de Balún Canán (1957), Ciudad Real (1960), Oficio de tinieblas (1962), Los convidados de agosto (1964) y un largo etcétera!

Hábito, voluntad, trabajo, paciencia, tiempo, sacrificio… Conceptos clave en aquel discurso de la chilanga por nacimiento pero chiapaneca por niñez. A ellos agregaría yo otro vital: compromiso. Un compromiso no sólo de fondo, de contenido, del qué decir, sino también de forma, de figura, del cómo decirlo. ¿Acaso no es irresponsabilidad publicar un texto lleno de galimatías, o con sintaxis aberrante, frases cacofónicas, puntuación caótica, pecados ortográficos? ¿En qué cochambroso rincón del cerebro se atrofiaron el equilibrio, el ritmo, la sonoridad, la musicalidad de un escrito, para ceder su trono a la redacción descomedida, desafinada, de sonsonete, sin compás alguno?

El qué y el cómo son igual de importantes que el compromiso del para quién. No hay, no puede haber escribidor sin público. Quien sostenga que solamente escribe para sí y para nadie más, no está exento de ser, él mismo, su público eventual o cautivo. Y aun así, lo hace de modo consciente o inconsciente para otros, aunque alegue lo contrario, a menos que su texto sea cifrado y nada más él posea el código en su mente (o quizá ni esto, porque no faltará algún día alguien que se lo descifre). Es, pues, muy cuestionable o dudosa la existencia del escritor privado. Todo escritor es público. Y cada público, al leerlo, vuelve a escribirlo. El público es el reescritor, cuando no, a veces, el primero, el verdadero escritor.

Garrapatear al ahisevá (o como también solemos decir en México: al chilazo), además de ineptitud y valemadrismo, es una grosera falta de respeto a quienes los hacedores de letras nos debemos. Dirigir nuestro mensaje nada más a cenáculos, mafias o camarillas, las únicas instancias capaces de leer, dizque entender y aplaudir cuanta barrabasada firmamos, es una egolatría injustificable. Otra vez la mula al máiz: ¿y el oficio?, ¿y el compromiso?, ¿y el hábito, la voluntad, el trabajo, la paciencia, el tiempo, el sacrificio que nos exigía Rosario?

Vale como epígrafe lo dicho con elegante ironía por ella en su discurso: “Un libro es un utensilio, una especie de ladrillo que se usa indistintamente para levantar una casa o para ser arrojado como un proyectil contra la cabeza de alguien o de algo.”

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos

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