Secuelas de mi Roma

Vozquetinta

El anaquel se hallaba al fondo, en un rincón sin clientes, iluminado por la tibia claridad vespertina del pasillo abierto entre el cine Las Américas y la librería (¿hace falta precisar que hablo de la librería de Cristal, sucursal Insurgentes esquina con Baja California?). Allí, en riguroso orden numérico y en armonioso desorden cromático, el arcoíris de camisas de la colección Austral me parecía un cuadro tentador. Tentador, sí, pues tan pronto los tenía enfrente comenzaba por tentar, por sobar, por acariciar todos aquellos pequeños seres impresos, como recorre el invidente con los dedos una hilera de objetos para reconocerlos.

Concluido el saludo táctil, procedía a tomar cualquier ejemplar de baja numeración y lomo amarillento o parduzco. Lo abría de golpe por la mitad. Metía mi narizota entre sus cuadernillos hasta casi topar con las costuras (entonces los libros aún eran cosidos, no nada más pegados). Aspiraba profunda, ruidosamente, del mismo modo que un catador de vinos impregna sus neuronas olfatorias antes que sus papilas gustativas. Y cuando mi piel se ponía chinita de placer (luego sabría que eso era preliminar de un orgasmo), soltaba la respiración, cerraba el volumen y lo volvía a su hueco. Había alcanzado la deliciosa fase de meseta, listo para otra de mis expediciones en ritos bibliográficos.

La tarde solía prolongárseme hojeando o leyendo páginas sueltas de varios tomos. Dos, tres, quizá hasta cuatro horas, sin que los caripatéticos empleados me preguntaran qué rayos hacía ahí, cuantimás en una sección de poca demanda, ese adolescente solitario de tristes ojeras que mejor debería estar en un café cantante, contoneándose con la música de un grupo rocanrolero. Y al final podía yo salir del local con idénticas manos vacías a las que entré, sin recibir mirada alguna de reproche; o acaso con un Austral sencillo, de seis pesitos (los extras costaban nueve pesotes, cifra por encima de mis domingos), no sin antes insinuar al cajero la posibilidad de otorgarme un descuento por ser estudiante

El documento anterior nació tres décadas después de tales sucesos. Lo escribí a mano en una de mis hojas predilectas: las rústicas, de color ocre, papel revolución (papel galera, lo llamábamos en el medio editorial). Pasó a engrosar una de mis tantas carpetas hibernadas con borradores y textillos sueltos. Hace poco lo resucité, motivado tras haber visto Roma (Alfonso Cuarón, 2018), en particular la escena donde Cleo cruza la avenida Insurgentes y atrás se observa la fachada del cine Las Américas. Recuerdo dicho edificio tal cual aparece en el filme, porque habité en esa misma colonia capitalina y porque también fue mío ese tiempo retratado en blanco y negro por el cineasta.

Gracias a su flashback, Cuarón logró hacerme dirigir mi propia película, actuada por una benemérita librería y una entrañable colección literaria. Es la fecha en que mi cuero sigue chinito de rememorarlas, de oler su tinta, de fijar mi vista en sus letras durante aquellas ermitañas tardes de solecito calentón.

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos